Este es, estrictamente hablando, el primer capítulo de la serie sobre ‘El efecto suelo’ del que hablaba en la entrada 0 hace tan sólo unos días. En realidad, se debería titular ‘La búsqueda (fallida) del efecto suelo’, porque de eso es lo de lo que vamos a hablar aquí. De eso y de cómo dos hombres (y alguno que otro más) llegaron casi a diseñar un monoplaza de F1 adelantado a su tiempo la friolera de casi 10 años. Ese periodo de tiempo es, hoy en día, un abismo. Comparemos si no cómo son los monoplazas hoy, 2012, y cómo eran en 2002; como el día y la noche en términos de eficacia, sobre todo, aerodinámica. Y de eso es de lo que vamos a hablar. Ojo, no desde el punto de vista técnico, porque vamos a analizar los avances de los dos hombres, Tony Rudd y Peter Wright, en el descubrimiento de algo que cambió la F1 por completo: el efecto suelo.
Antes de seguir, por si este primer párrafo os ha defraudado, deciros a todos que tendremos la visión técnica del problema del efecto suelo, como ya os he prometí en la entrega 0. Pero debe ser poco a poco, paso a paso. Es complicado plasmar en ecuaciones y en términos cuantitativos casi cualquier problema aerodinámico, de modo que todo amante del motor lo comprenda, pero lo intentaremos. Por tanto, y siguiendo un antiguo proverbio chino, el camino de mil millas comienza con un solo paso. Este es el primero.
Hoy toca algo que no estaba en el guión. El guión original consistía narrar desde el punto de vista histórico el nacimiento del efecto suelo, y eso obligaba a la fuerza pasar por los inicios de Rudd y Wright, que fueron los que descubrieron y crearon el primer monoplaza en F1 con verdadero efecto suelo, el Lotus T79 de 1978 de Mario Andretti y Ronnie Peterson, bajo la dirección de Colin Chapman. Pero como ya sabéis todos, el mundo de la F1 casi al completo, y en particular, el relacionado con los equipos británicos, se retroalimenta continuamente porque todo mecánico, diseñador, ingeniero, técnico, …, hasta piloto, que entra en el ‘mundillo’ del Motorsport Valley, acaba recirculando a otros equipos. Dicho de otro modo, lo diseñado en un equipo, al cabo del tiempo, por muy secreto que sea, se acaba implementando, copiando, mejorando, etc., en otro. Y el caso del efecto suelo no es una excepción.
Situemos la historia en el contexto temporal adecuado. Finales de los años 60. Para ser más exactos, temporada 1968. Tony Rudd y Peter Wright trabajan en el equipo BRM o British Racing Motors. Rudd es el ingeniero jefe de BRM y Wright el gurú aerodinámico de la escudería. En realidad, el nombre oficial del equipo es Owen Racing Organisation, ya que las riendas del equipo pasaron a manos de la familia Owen, dueña del imperio Rubery Owen, bajo el mando de Sir Alferd Owen y su hermano Ernest, en el año 1952. Debemos decir que en realidad, aunque la creación de BRM fue obra de Raymond Mays en el año 1947, el imperio Rubery Owen siempre contribuyó de manera crucial su nacimiento.
BRM nació como una agrupación de más de 100 empresas británicas relacionadas con el mundo del motor para intentar arrebatar la supremacía que los grandes equipos italianos (Alfa Romeo principalmente) y alemanes (Mercedes y Auto Union) tuvieron en el periodo de entre guerras en las carreras de Grandes Premios. Rubery Owen era un inmenso grupo industrial, es más importante de Gran Bretaña sin lugar a dudas, y con recursos y capacidad de desarrollo prácticamente ilimitados para su época, formado por distintas secciones dedicadas a la fabricación de motores, de estructuras, metalurgia, etc. De hecho, fue la única escudería británica de F1 que construyó sus propios motores y cajas de cambio desde el comienzo de esta categoría, con un potencial de fabricación y diseño únicamente comparable a los de Auto Unión, Alfa Romero, Mercedes o Ferrari. Y claramente, esto fue principal y fundamentalmente debido a la presencia del grupo Rubery Owen en la estructura de BRM, primero como participante, y más tarde como dueños.
La temporada de 1968 comenzó con el uso de un nuevo propulsor diseñado obviamente por BRM, el BRM P142, un V12 a 60º de 3 litros. Recordemos que la nueva normativa de motores para la Fórmula 1, cambiada en 1963 con entrada en vigor en el año 1966, obligaba a las escuderías a utilizar una fórmula de motores de 3 litros o 1.5 litros en el caso de los sobrealimentado, en lugar de la de 1.5 litros con alimentación atmosférica válida para el intervalo 1961-1965. Para todos los equipos supuso un importante cambio, y aunque tendría ganas de relatar aquí una y mil historias sobre Conventry Climax, Repco, o por qué no, sobre la solución por la que apostó Chapman que a la postre dio lugar al nacimiento de Cosworth y del motor más existoso de la F1, el DFV … , hoy eso no toca. Es otra historia que en alguna ocasión ulterior habrá que recordar.

Detalle del motor BRM P142 V12 montado sobre un BRM P126. La foto se realizó sobre un modelo en la actualidad.
El origen de las decisiones de lo que sucedió con el BRM Wing Car, que trataremos aquí y en la siguiente entrada, se debieron a muchos factores. Uno de ellos está relacionado con lo que sucedió unos años antes. El equipo de Sir Alfred Owen no comenzó la temporada de 1966 con el motor V12 de 1968, sino con una solución bien diferente, muy al puro estilo BRM, en la que no nos vamos a extender demasiado, pero que sí que merece la pena mencionar aquí aunque sea de pasada para comprender un poco mejor el contexto en el que normalmente solía evolucionar BRM. Baste mencionar, porque no nos podemos morder más la lengua, que el motor para adaptarse a la nueva normativa de 1966 fue uno de los más complejos y ‘alucinantes’ desde el punto de vista técnico de toda la historia de la F1: el BRM P75 o H16, un motor en H con 16 cilindros, con 2 cigüeñales acoplados con engranaje, 4 culatas de cilindros y 2 árboles de levas por cada una de las culatas, … El BRM P75 o H16 fue una idea de Tony Rudd y que llevó al equipo a importantes quebraderos de cabeza, consiguiendo únicamente una victoria en F1, durante el GP de USA en 1966, gracias a Jim Clark, pero irónicamente, no con BRM, sino con un Lotus !!!!

Motor BRM P75, comunmente conocido como H16. Se trata de un motor H formado por ‘dos motores’ montados uno sobre el otro, en el que cada uno de ellos tiene su propio cigüeñal, cada uno de los cuales se acopla de un eje de transmisión común a ambos. Complejo motor formado por 4 culatas de cilindros, con 2 árboles de levas para cada culata y un total de 64 válvulas.
Por tanto, la temporada de 1968, tras el fracaso diríamos casi monumental (al menos en lo que a resultados se refiere) del H16, comienza para BRM con su P126 equipado con el nuevo motor V12. Debemos decir que el diseño del coche, como conjunto, no fue un éxito. Dicha información es inmediatamente reconocible como verdadera teniendo en cuenta que BRM estrenó 3 monoplazas diferentes ese mismo año, el propio BRM P126, el 1 de enero de 1968, el BRM P133 el 17 de marzo del mismo año y el BRM P138 el 8 de septiembre, durante el GP de Italia de ese mismo año.
Tras toda esta disquisición, interesante tanto desde el punto de vista histórico como desde una perspectiva más práctica que nos ayuda a situar el problema en el contexto adecuado, comienzan los hechos que llevaron a Tony Rudd y Peter Wright a soñar con el efecto suelo, aunque sin lugar a dudas, no llegaron a entenderlo del todo. Dos hechos de crucial relevancia ocurrieron en la F1 este mismo año, 1968, y al año siguiente, 1969. En 1968, dos escuderías de F1, Ferrari y Brabham, son las primeras en introducir alerones en monoplazas de la máxima categoría. Merece la pena mencionar que antes, Jim Hall, ya había experimentado con todo tipo de alerones y también con el efecto suelo, con algunos de sus famosos Chaparrales, pero eso es, de nuevo, otra historia. No es difícil entender que, una vez vistos unos nuevos dispositivos en una o dos escuderías, el resto no tardaría mucho en adecuar esa solución en su propio monoplaza. Creo que eso ya lo hemos escuchado alguna que otra vez durante los últimos 40 años, ¿verdad? Y todo ello dio lugar a toda una ‘fauna’ de diferentes alerones, tanto delanteros como traseros, montados (en el caso de los delanteros) sobre el morro o bien sobre los soportes de las suspensiones. En la foto de debajo se ve a Piers Courage, en su Brabham BT26A/1 (siguiendo la nomenclatura de Allen Brown de oldracingcars.com), precisamente en mayo de 1969 en el circuito de Montjuïc con los tres típicos alerones que se pusieron de moda en estos dos años.

Piers Courage en su Brabham BT26/1 durante el GP de España de 1969 en el circuito de Montjuïc. Se pueden apreciar tres tipos de alerones diferentes: (1) los delanteros montados sobre el morro del monoplaza, el delantero elevado apoyado sobre los soportes (uprights) de las suspensiones delanteras y el trasero elevado también apoyado sobre los uprights de las suspensiones traseras.
Pero probablemente una de las semillas que propició, aunque quizás deba decir catalizó las ideas de Tony Rudd y Peter hacia un prototipo de BRM Wing Car, fue el hecho que acaeció el 4 de mayo de 1969 en el circuito de Monjuïc, en Barcelona, durante la celebración del GP de España de ese año. Los dos monoplazas del equipo Lotus, el 49B/R6 de Graham Hill primero y el 49B/R9 de Jochen Rindt a continuación (como anteriormente, siguiendo la nomenclatura utilizada por Allen Brown en http://www.oldracingcars.com), sufren sendos accidentes debido a que sus alerones traseros ceden ante la generación de carga aerodinámica y la debilidad de los soportes, con la consiguiente pérdida momentánea de adherencia y el accidente.

Accidente de Jochen Rindt con su Lotus 49B/R9 durante el GP de España en el circuito de Montjuïc en mayo de 1969. El accidente se produjo cuando los alerones de Rindt copalsaron con la consiguiente pérdida de carga aerodinámica.
No fueron los Lotus los únicos que tuvieron problemas en esta cita del Campeonato del Mundo de F1 crucial para el devenir de los acontecimientos en BRM que ahora nos interesan, pero también para el cambio de normativa vital que la FIA decidió llevar a cabo. Con el fin de evitar los accidentes, ocurre lo que Tony Rudd, y probablemente otras ‘cabezas pensantes’ de la parrilla, se toman las medidas esperadas: se prohiben el uso de los alerones, pero eso sí, tal y como se habían utilizado hasta ahora. En el siguiente GP de la temporada, el de Mónaco, los comisarios decidieron prohibir el uso de cualquier tipo de alerón para evitar más catástrofes. A raíz de esto, la CSI o Commission Sportive International de la FIA decidió establecer normas más estrictas relativas al uso de alerones: se limitó el tamaño de los mismos así como su altura, y se prohibió apoyar expresamente los soportes de los alerones directamente sobre la masa no suspendida (en particular, sobre los soportes o uprights de las suspensiones), permitiendo únicamente hacerlo sobre la masa suspendida (básicamente en el bodywork del monoplaza).

El Brabham BT26A/4 del belga Jackie Ikcx sufrió problemas similares a los Lotus (rotura de alerón trasero consecuencia de la debilidad de sus soportes ante la carga aerodinámica soportada) y fue enviado a boxes a cambiar el alerón trasero por miedo a que ocurriera lo mismo que Hill y Rindt. Ello le hizo perder su segunda posición en favor de Bruce McLaren, aunque finalmente no pudo finalizar la carrera por la rotura de un cojinete (aunque consta que terminar 6º porque abandonó cuando restaba menos del 10% de la prueba).
Posiblemente paralelo a esto, como indican el propio Peter Wright en su ‘F1 Technology’ y el escritor e historiador Doug Nye en su ‘Autocourse History of the Grand Prix Car, 1996-85′, el comienzo del año 1968 fue también bastante complicado para los chicos de BRM, particularmente tras el fracaso de su sofisticado motor BRM P75 (H16) del que ya he hablado con anterioridad, el estreno de su BRM P142 V12 de 3 litros y la puesta a punto de su nuevo monoplaza para la temporada, el BRM P126. Precisamente este monoplaza parecía tener serios problemas aerodinámicos de turbulencias, lo que llevaron a investigar soluciones a este respecto.
Y es precisamente en este punto en el que nace la idea de hacer algo diferente, algo genial, algo fuera de la cabeza de cualquier ingeniero del momento. Y fue el gran Tony Rudd la ‘cabeza pensante’ la que planteó el problema a resolver. No sabemos a ciencia cierta si fueron los accidentes con los alerones de Lotus en Montjuïc de ese año, los problemas de turbulencia del nuevo BRM P126 para la temporada o ambas cosas a la vez la que le llevó a plantear el problema a su genio o gurú aeronáutico, Peter Wright. Rudd le pidió a Wright sencillamente un estudio sobre la posibilidad de generar mediante un monoplaza igual cantidad de carga aerodinámica que los monoplazas actuales, pero sin necesidad de montar alas separadas del bodywork del coche. Ante eso, Wright realizó una serie de cálculos, supuestamente teóricos, y llego a una conclusión innovadora para el época: se podría utilizar toda la planta del coche para generar carga aerodinámica. En concreto, comentó con Rudd (tomado directamente del ‘F1 Technology’ del propio Peter Wright), que sería posible generar un coeficiente de sustentación CL de aproximadamente -0.35 para el monoplaza completo, mucho menos que el correspondiente a un alerón trasero de la época, del orden de CL aproximadamente de -1.0. La conclusión fundamental fue que se podría general la misma carga aerodinámica, pero con una relación L/D (carga aerodinámica sobre drag o resistencia aerodinámica) más beneficiosa. Ante esta respuesta, Tony Rud dio luz verde a un ensayo en el túnel de viento (más adelante comentaremos al respecto) para explorar las posibilidades reales de los resultados teóricos que Wright había predicho.
Antes de finalizar quisiera agradecer sinceramente la colaboración y ayuda de mi amigo Felix Muelas (http://www.facebook.com/felixmuelas). Sin su profundo conocimiento de gran parte de lo que se ha mencionado aquí (y lo que queda para la siguiente parte), comentarios y ayuda esta entrada, posiblemente, no hubiera sido posible. Al menos, no con el rigor con la que la hemos tratado.









